martes, 24 de agosto de 2010

Se llamaba Greta,
como la famosa actriz.
Ni tan rubia, ni tan suelta, ni tan frágil,
ni tan falta de complejos, ni tan ágil de reflejos,
ni tan llena de carmín.

Se llamaba Greta,
y era joven y feliz.
Esperando la llegada de algún tren en la parada,
confundida, sin saber que las heridas son el precio
de vivir.

Y llegaste tú, con tu bicicleta y tu estrecha camiseta,
a volarle el corazón.
Y llegaste tú, pura dinamita, con disfraz de agua bendita,
a volarle el corazón.

Se llamaba Greta
y aprendió, como la actriz,
a llorar por las esquinas y después, como si nada,
a decir agua pasada, estoy curada,
la estrategia de mentir.

Se marchó el ladrón con su bicicleta
y sin flores para Greta, que esperaba en el balcón.
Pero ya no hay más, ya no siente nada,
ya olvidó aquella jugada, ya pasó lo que pasó.

Se llamaba Greta,
y era joven y aprendiz.
Le quedaron cicatrices de los días infelices;
engreído, consentido, malnacido, ya no piensa más en ti.

Ahora espera el tren,
o quizá la bicicleta,
o los ojos de otro atleta como no se encuentran dos;
y vendrá, tal vez, y será un especialista,
y sabrá como un artista consolarle el corazón.

[Pedro Guerra]

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